jueves, 16 de mayo de 2019

Me siento tan muerta que me da vergüenza.
Ya mi lengua no encuentra las palabras, y mis labios se volvieron tan secos que duelen al despegarlos.
Me siento tan cansada que no deseo y tampoco puedo explicarles a los otros por qué ya ni me esfuerzo en levantarme, y por qué cuando estoy tan triste que no puedo más, cierro los ojos e intento quedarme dormida. Ni una lágrima sale. Sólo me hago una pelotita, de la misma forma en que los fetos lo hacen, y me duermo.
Me da vergüenza que cada vez que consigo ser algo, que todo se marchite y rompa, para después demorarme años en volver a hallar esa felicidad que creía desaparecida eternamente.
Me da miedo seguir en este lugar de desprecio, y cada día ir convirtiéndome un poco más en algo que odio.
Si no encuentro la salida siendo joven, y hablo de una salida completa, va a llegar una instancia en la que no va a haber más vuelta atrás.
Siento que estoy encaminándome al abismo.
No quiero morir siendo algo que odio, prefiero morir ahora y ser recordada como una persona de la que sí estoy orgullosa.
Mientras el miedo me retenga, no encuentro otra opción que arrinconarme en la sala de espera, bajo sábanas de revistas de mal gusto, y llorar hasta que alguien venga a buscarme.
Muy probablemente me quede ahí como un trapo de piso, hasta que me agujeree sola y ya no me duelan las suelas de los zapatos pisándome la cara al pasar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario