Estás
ahí cerca
yo estoy
en la puerta
vos
en la cocina
yo
en la esquina
vos
en el primer vuelo a marte
yo
atrás comando tu nave
vos
maullando en el piso de arriba
yo
tomándole lista a los días
vos
tirando tu ropa por el piso
yo
en mi cama abrazo al frío
vos
yo
estamos tan cerca
vos
yo
estamos tan lejos
jueves, 16 de mayo de 2019
Me siento tan muerta que me da vergüenza.
Ya mi lengua no encuentra las palabras, y mis labios se volvieron tan secos que duelen al despegarlos.
Me siento tan cansada que no deseo y tampoco puedo explicarles a los otros por qué ya ni me esfuerzo en levantarme, y por qué cuando estoy tan triste que no puedo más, cierro los ojos e intento quedarme dormida. Ni una lágrima sale. Sólo me hago una pelotita, de la misma forma en que los fetos lo hacen, y me duermo.
Me da vergüenza que cada vez que consigo ser algo, que todo se marchite y rompa, para después demorarme años en volver a hallar esa felicidad que creía desaparecida eternamente.
Me da miedo seguir en este lugar de desprecio, y cada día ir convirtiéndome un poco más en algo que odio.
Si no encuentro la salida siendo joven, y hablo de una salida completa, va a llegar una instancia en la que no va a haber más vuelta atrás.
Siento que estoy encaminándome al abismo.
No quiero morir siendo algo que odio, prefiero morir ahora y ser recordada como una persona de la que sí estoy orgullosa.
Mientras el miedo me retenga, no encuentro otra opción que arrinconarme en la sala de espera, bajo sábanas de revistas de mal gusto, y llorar hasta que alguien venga a buscarme.
Muy probablemente me quede ahí como un trapo de piso, hasta que me agujeree sola y ya no me duelan las suelas de los zapatos pisándome la cara al pasar.
Ya mi lengua no encuentra las palabras, y mis labios se volvieron tan secos que duelen al despegarlos.
Me siento tan cansada que no deseo y tampoco puedo explicarles a los otros por qué ya ni me esfuerzo en levantarme, y por qué cuando estoy tan triste que no puedo más, cierro los ojos e intento quedarme dormida. Ni una lágrima sale. Sólo me hago una pelotita, de la misma forma en que los fetos lo hacen, y me duermo.
Me da vergüenza que cada vez que consigo ser algo, que todo se marchite y rompa, para después demorarme años en volver a hallar esa felicidad que creía desaparecida eternamente.
Me da miedo seguir en este lugar de desprecio, y cada día ir convirtiéndome un poco más en algo que odio.
Si no encuentro la salida siendo joven, y hablo de una salida completa, va a llegar una instancia en la que no va a haber más vuelta atrás.
Siento que estoy encaminándome al abismo.
No quiero morir siendo algo que odio, prefiero morir ahora y ser recordada como una persona de la que sí estoy orgullosa.
Mientras el miedo me retenga, no encuentro otra opción que arrinconarme en la sala de espera, bajo sábanas de revistas de mal gusto, y llorar hasta que alguien venga a buscarme.
Muy probablemente me quede ahí como un trapo de piso, hasta que me agujeree sola y ya no me duelan las suelas de los zapatos pisándome la cara al pasar.
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